Ser ¿discapacitado?

Ser ¿discapacitado?

Nadie hizo nunca ningún mérito para ser.

De pronto un día fuimos, y, al tiempo, otro día, nos dimos cuenta de que éramos. Sin atribuciones, simplemente con la existencia por bandera y más o menos preguntas sobre ella. Después de aquello no tardamos en darnos cuenta de que, si bien para ser no hace falta mucho, resulta que queremos ser cómo. Y entonces las cosas se complican.

Si todo va bien, nuestra familia nos ayuda a dar los primeros pasos y nos sitúa en un mundo amplio y complejo en el que, para ser cómo hay mucho que hacer. De la mano de esa condición, aparecen los deseos y los intereses. Y de entre todas esas afiladas realidades, surge la comparación, y con ella la idea de ser capaz. Ser capaz con respecto al otro, ser capaz de hacer esto o incapaz de hacer aquello. Nadie es capaz de todo, ¿qué es entonces ser discapacitado?

Todos tenemos una respuesta vaga a esa pregunta y con ella queremos designar a un colectivo que, a ojos de la sociedad, no alcanza unas determinadas cuotas de capacidad que hemos establecido –de una forma más o menos concreta– como normales para algunas tareas o para todas. El término resalta la carencia, y sin embargo siendo estrictos, el colectivo a designar debería ser mucho mayor. Ahora bien, hemos aceptado como normal nuestra discapacidad. Uno no se siente incapaz por no ser un genio, si no que siente capaz al que lo es, pues la mayoría no lo somos. Pero no dudamos en catalogar de incapaz al que no logra lo que cualquiera debería lograr, así somos.

Por suerte el lenguaje evoluciona, y el discapacitado no es llamado, por ejemplo, incapacitado –aunque así se le considere–, porque esa palabra resaltaría claramente nuestro error de concepto. Se aboga por nuevos términos, aún menos “hirientes” que aquel sobre el que reflexionamos, tales como personas con diversidad funcional o capacidades diferentes, pero eso no garantiza que hayamos mejorado la valoración inicial, errónea en su predicado. Ser capaz de “ser normal” no es meritorio –ni valioso, en muchos casos– así que no serlo, tampoco ha de ser reprobable.

Por supuesto, es necesario designar a los colectivos, si no se nombran no existen y si no existen, se quedan sin el “cómo” anteriormente mencionado –al final resulta que ser no es tan sencillo–; y yo no soy amigo del buenismo imperante en el que se buscan palabras suaves para realidades duras, pero creo que nuestra lectura es errónea desde el principio. La capacidad siempre debería admirarse, es siempre impresionante, incluso la mediocridad de lo normal es meritoria, y también el no alcanzarla. Ser resulta bajo este prisma meritorio, aunque no es fácil. O precisamente por no serlo. Y si la exigencia es desmedida para algunos y mínima para otros, señalarlo solo ha de servir para ayudar a que la mayoría pueda alcanzar ese ser cómo, garantizar sus necesidades y abrir la puerta a que pueda alcanzar sus objetivos, en ningún caso para minusvalorar su existencia –aunque, por supuesto, no siempre se haga–.

Así pues, capaz en esto o incapaz en aquello, la sociedad en su conjunto resulta más eficiente gracias a la colaboración, más igualitaria y menos competitiva. De esta manera, y no porque el otro sea incapaz sino más bien para ayudarle a encontrar su lugar en la vida, podemos ayudar y ser ayudados en lo necesario, asumiendo los propios límites como definitorios –que no siempre definitivos– y recordando siempre que se encuentran al final de nuestra capacidad, que simplemente por ser, ya es valiosa. Si reconocemos los propios límites no como una vergüenza a esconder sino como una oportunidad para colaborar, para beneficiarnos de la comunidad, al darnos cuenta de nuestra incapacidad dejaremos de ver al que llamamos discapacitado realmente como tal y volveremos a verle –en el caso de que hayamos dejado de hacerlo– como un igual.

Ojalá tengamos una lectura más amable de la capacidad, y veamos en la discapacidad una capacidad distinta, tanto en la propia, como en la ajena.

@Javier Juste

 

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